They see me rollin’

Cuando alguien habla de mí a alguien que solo me conoce de vista es bastante probable que se refieran a mí como la chica en silla de ruedas. Es una realidad que hasta hace poco me irritaba hasta niveles que no os podéis ni imaginar. Siempre he pensado que tengo muchos más atributos que me definen y que no tienen nada que ver con mi diversidad funcional. ¿Es eso cierto? Por supuesto. Pero, ¿no es también verdad que la silla de ruedas es una de las muchas cosas que me define? Totalmente.

Decir que soy la chica que va en silla de ruedas es una manera fácil y rápida de identificarme. Esto es así. Somos muchas las personas que nos movemos de esta manera, pero no es demasiado común conocer a más de una, y por tanto será mucho más sencillo que me reconozcas por esto que por mis ojos marrones o mi pelo castaño (características que debo compartir con aproximadamente el 89% de la población española). Pero aquí la cuestión es llegar a la raíz de por qué me resultaba tan insultante que hablaran de mí como un ente pegado a un aparato. Como si eso no fuera la verdad. Pero es que lo es. Necesito mi silla para moverme, y eso es algo de lo que siempre he sido consciente pero nunca había considerado algo positivo. Y es que las connotaciones negativas que acompañan a una silla de ruedas son diversas y muy abundantes, aunque todas se resumen en un “no puedes hacer esto ni lo otro”, en el cual ‘esto’ y ‘lo otro’ son cosas como ir en moto, participar en un triatlón o escalar el Everest (de todos los que me leéis y podéis ir a dos patitas me gustaría saber cuántos habéis hecho alguna de esas tres, por favor y gracias). Pero, ¿alguna vez os habéis planteado la cantidad de cosas que puedo hacer gracias a mi silla de ruedas? Para empezar, puedo salir de la cama por las mañanas, para así ir al baño y después a la cocina a prepararme el desayuno. Seguidamente puedo volver a mi cuarto, pasarme tres horas pensando en qué ponerme y cambiarme de ropa. Y luego puedo salir a la calle e irme a la universidad. O de compras. O a un concierto. O de fiesta. O… ¿Queréis que siga? Porque de cosas que SÍ puedo hacer tengo para dar y regalar.

Antes me dolía ser “la chica en silla de ruedas” porque me daba vergüenza. Me dolía no poder. Porque una silla de ruedas siempre se ha asociado a limitaciones. Pero lo que mucha gente no sabe ver (incluida yo) es que, para personas en situaciones similares como la mía, la silla de ruedas es sinónimo de libertad. Libertad para hacer lo que sí podemos hacer y disfrutarlo. Libertad para vivir. Y sí, evidentemente soy más que una silla de ruedas (vaya, ni más ni menos, básicamente no soy una silla de ruedas en absoluto, soy una persona, por si a alguien le quedaba alguna duda), pero ser reconocida como “la chica en silla de ruedas” me molesta lo mismo que me molestaría ser “la chica morena” o “la chica que estudia Biología humana”. Porque yo soy Marta, y todas esas cosas son ciertas, y todas forman parte de mí a partes iguales. Y no tengo que avergonzarme de ninguna.

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Yo antes del capacitismo

Hello… it’s me.

Antes de nada quiero pediros mil perdones por haber dejado esto de lado. Os juro que no me había olvidado del blog, pero es que entre estar ocupada haciendo cosas y estar ocupada haciendo nada (viva la procrastinación) no he tenido tiempo de ponerme a escribir. Pero aquí estoy otra vez, y espero que con un poco más de regularidad que hasta ahora.

La verdad es que escoger un tema para retomar el blog me ha costado bastante porque aún hay muchas cosas de las que quiero hablaros, y en el tiempo que llevo sin colgar ninguna entrada he acumulado anécdotas como para publicar una trilogía, pero tras mucho pensar me he decidido a hablaros de Antes de ti, o como de mala es la representación de la diversidad funcional en los medios.

Como supongo que la mayoría sabréis, Antes de ti (Me before you) es una película que se ha estrenado recientemente basada en la novela homónima de la autora Jojo Moyes. Reconozco que cuando salí de la película salí contenta. Vaya, que a pesar de lo triste que era me había gustado bastante. Pero poco tiempo después empecé a ver comentarios en las redes sociales (os recomiendo que le echéis un vistazo al hashtag #MeBeforeAbleism – yo antes del capacitismo- en Twitter) y en diversos blogs que parecían discrepar conmigo, y todos ellos venían de gente con diversidad funcional. Y al leerlos me sentí tremendamente estúpida. ¿Cómo podía haber estado tan ciega? ¿Cómo podía haber salido tan tranquila del cine después de la imagen que se dio de las personas como yo?

Resumiendo mucho (y aviso, aquí va a venir EL SPOILER máximo de la peli/libro), el joven Will Traynor, que tras sufrir un atropello queda tetrapléjico, decide acabar con su vida de forma asistida porque no puede soportar no poder llevar la vida que llevaba antes, y no hay nada que le haga cambiar de opinión, ni siquiera su nuevo romance con su cuidadora, la monísima Louisa Clark. Y así es, se suicida. Y para acabarlo de rematar (no pun intended) la escena de la muerte de Will no puede ser más romántica, con su amada y sus padres abrazándole mientras todos miran por la ventana al campo que tienen delante y él se muere. Precioso, ¿no?. Vamos a romantizar el suicidio de un señor que no puede moverse para emocionar a todo el público, seguro que funciona. Y funciona, os lo digo yo, que lloré a moco tendido. Maldita alienación.

En este punto a lo mejor os estéis preguntando qué es lo malo de todo esto. Para empezar, romantizar el suicidio ya me parece bastante grave (y ya da para una entrada entera), pero de lo que os quiero hablar aquí es de la imagen que se da de la vida de una persona con otras diversidades funcionales. Esta película ha sido probablemente la que más bombo mediático ha tenido, probable y básicamente por la época en la que ha salido, pero no es la primera. Lo mismo pasa en Million dollar baby o en Mar adentro, por poner otro par de ejemplos. Taquillazos cuyo mensaje a la audiencia es que, cuando tu vida cambia y tienes que aprender convivir con tu diversidad funcional es algo tan difícil que la mejor solución es tener una muerte digna. Porque en esas circunstancias, tener una vida digna ya no entra dentro del marco. Si no te mueves de manera normativa tu vida es indigna. Si no puedes tener relaciones sexuales de manera normativa, también. Si tu cuerpo no sigue los cánones establecidos es indigno. Y para no poder seguir con tu vida perfecta y normativa, mejor morirse. Y esta imagen que se da en los cines, en la televisión y en todos los medios en general es la que refuerza la concepción generalizada de que vivir con diversidad funcional es algo de valientes, que hace falta mucho coraje para estar así y querer seguir vivo, todos los “Uf, yo si estuviera en tu situación no sé qué haría”, que a pesar de tener toda la buena intención del mundo no dejan de mandar un mensaje subliminal que dice que una vida así no la quieres ni en pintura, porque nuestra vida es, de alguna manera, menos digna que una vida sin diversidad funcional.

Cabe decir que, obviamente, es posible desarrollar una depresión tras un suceso así. Igual que cuando te despiden del trabajo, o se te muere una mascota. La depresión es impredecible y puede aparecer por mil razones distintas. Y es más que probable que Will Traynor la sufriese y no fuera tratado. Y con películas como Antes de ti no sólo se romantiza el suicidio en si, sino que además, al ni siquiera mencionar la depresión (cuyo tratamiento en los medios, como os decía un poco más arriba, merece un post entero), parece que el tener deseos de morir sea algo normal y corriente cuando, por ejemplo, acabas en una silla de ruedas, cuando en realidad es uno de los síntomas más extremos de un trastorno (trastorno que, por cierto, es tratable, y que, por cierto, no todxs sufrimos).

Cerrar las entradas es siempre lo que más me cuesta, pero para concluir esta, solo os voy a pedir una cosa: hasta que la representación en los medios no mejore (y os aseguro que seguiremos luchando para que así sea), escuchad a testimonios reales. Lo creáis o no, vivís rodeadxs de personas con diversidad funcional. Así que escuchadnos, leednos (véase el hashtag que os comentaba un poco más arriba), y aprended. Porque aunque obviamente pueda haber (y habrá) casos reales como el de Will Traynor, os aseguro que muchos de nosotrxs llevamos una vida plena e, incluso, me atrevería a decir que somos felices.

La lucha eterna

Después de varios días sin actualizar… I’m back! Por fin terminé con la pesadilla de los exámenes para bien o para mal, y ahora que vuelvo a ser semi-libre he decidido ponerme a escribir de nuevo (no sabéis cuánto lo he echado de menos).

Esta entrada es probablemente la más dura que he hecho hasta ahora. Y no tanto por lo que os voy a escribir, sino por lo que os voy a enseñar. Y es que fotos de mi cuerpo entero no vais a encontrar muchas por mis redes. Pero ojo, que ahí va una:

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Yo feat. mi tatuaje molón y un outfit súper pepi.

Pues eso. C’est moi. Creo que es más que evidente que mi cuerpo se aleja bastante de la (estúpida) norma impuesta en la sociedad actual. Y es que no sólo siento la presión estética por la talla de pantalón que uso y el número que marca la báscula (el tema de mi peso da para un post aparte), sino que además tengo que convivir con un aparato locomotor de lo más peculiar, y que por supuesto tiene aproximadamente 0 representación en los medios (ojo, que modelos amputados los hay, pero ya os digo yo que los veréis más bien poco por la tele o en los anuncios que cubren los andamios de las obras en Plaza Catalunya).

Mi cuerpo es un cuerpo que suscita de todo. Ha sido deseado, rechazado, observado y señalado. Mi cuerpo se lleva todo tipo de miradas a casi cada minuto. Miradas desde curiosas a asqueadas, pasando por la típica mirada de lástima y compasión. Y también alguna que otra mirada lasciva, obviamente (del sexismo no puedes escaparte aunque le pongas todas las marchas a la silla de ruedas). Y a menudo esas miradas vienen acompañadas de comentarios que en general sólo hacen que empeore la cosa, aunque evidentemente la persona que comenta algo espera que sus palabras no lleguen a mis oídos (tal vez no tienen consciencia del volumen de su propia voz, o a lo mejor se creen que además de no poder andar no puedo oír, quién sabe). Pero bueno, como dice el refrán, a palabras necias, oídos sordos. Y yo llevo años intentando aplicarme el cuento.

La cuestión es que, a veces, para mi mostrar mi cuerpo sigue siendo una pesadilla. Es algo con lo que llevo luchando a diario desde que empezó a dejar de darme igual tener un cuerpo diferente. Esta inseguridad no es de nacimiento. De pequeña hacía de todo: corría a gatas por el patio del colegio, iba a la piscina sin pensármelo dos veces, y me traía sin cuidado que la gente mirara o dejase de mirar. Pero con la pubertad cambió todo, y lo sigo arrastrando desde entonces. La idea de ponerme un vestido o una falda sin unos leggings no me convence. Y ya no vamos a hablar de la playa. De verdad que la odio, y ya no solo por motivos más mundanos (como el hecho de estar recogiendo arena de cada rincón durante una semana o quemarme la piel aún usando factor de protección +8000 especial vampiros) o porque sea extremadamente incómodo y complicado ir por la arena con la silla, sino porque la idea de ponerme un bikini me da pavor. Porque todavía me siento frágil enseñando mis piernas. Y sentirme frágil es algo que detesto con toda mi alma.

Cabe decir que, aunque todavía me queda un largo camino por recorrer en cuanto a la aceptación total de mi cuerpo, la cosa no está tan mal como en el pasado. Ahora me pongo vestido aunque sea con leggings, cosa que antes no me atrevía a hacer. Así que paso a paso. Y al fin y al cabo, mi cuerpo es un cuerpo que, a pesar de todas las diferencias, me permite disfrutar de infinidad de cosas. Puedo comer, beber, leer, escuchar música, ir a conciertos, salir de fiesta, ir de viaje, visitar museos… Y un largo etcétera. Mi cuerpo es el hogar de mi mente, y ya sólo por eso le debo todo. Así que con el tiempo voy a seguir aprendiendo a apreciarlo un poco más por todo lo que me permite hacer, y aceptaré que no deja de ser un cuerpo más: tan útil, válido y bonito como yo quiera que sea. Y como sé que la gente me va a seguir mirando haga lo que haga, me aseguraré de llevar un vestido bien bonito para alegrarles la vista mientras tanto.

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Sí… Pero no

Cuando pensé en contaros mis experiencias tinderianas la idea era explicar, en primer lugar, las veces que me han rechazado tras conocer mi situación. Algún día lo haré, desde luego, porque las formas en las que lo han hecho son cuanto menos graciosas. También os voy a contar las veces que me han dado una oportunidad, que aunque a veces puede parecer que no, todavía hay gente maja por el mundo y todo. Pero para empezar os voy a hablar de los que se han quedado en medio. Los que empezaron como un sí y antes de llegar a vernos acabaron en un no, o todavía peor, en un quizás. Y esos son francamente los más complicados de sobrellevar.

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SOURCE: WHEREITGETSSOCIAL.TUMBLR.COM

Más de una vez me he encontrado con personas que al conocer mi condición se han seguido mostrando muy receptivas, con ganas de conocerme. Al menos durante un rato. Pero pasan los días (o a veces incluso las horas) y se lo repiensan. Y es que resulta que “no están preparados”. ¿Preparados para qué? ¿Para coger el ascensor en vez de ir por las escaleras? ¿Para entrar por la puerta de atrás del autobús en lugar de por la delantera? ¿O para la película que se han montado ellos solos en la cabeza?

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SOURCE: GIF-DATABASE.TUMBLR.COM

Aquellos que me conocéis sabéis de sobras que soy una persona bastante sociable. Me gusta conocer a gente, y llevo haciéndolo por internet desde que me abrí una cuenta en Fotolog en la cual colgaba fotos y textazos súper dramáticos dedicados a mi grupo favorito allá en 2007. Y así he seguido hasta ahora (y de hecho, he conocido a la mayoría de los que me leéis de esta manera, aunque haya sido a través de otras redes sociales – RIP Fotolog). Y nunca me he encontrado con nadie que me haya dicho que no está preparado para ser mi amigo. Jamás de los jamases. Y vaya, yo no sé demasiado de relaciones amorosas, pero digo yo que lo ideal es que tu pareja sea tu amiga. No será como tu resto de amigos, evidentemente. Pero es que yo no tengo una relación igual con todas las personas a las que guardo bajo la categoría de ‘amigo’. Igual soy yo que soy rara. La cuestión es que con mis amigos hago planes. Salgo a pasear, a comer, a cenar, a tomar una cerveza, al cine, de fiesta… y un largo etcétera. Y claro que hay que hacer las cosas un poquito diferentes. Y por supuesto que al principio les resultaría raro hacerlas así. Y estoy segurísima de que más de la mitad de la mitad de mis amigos jamás se había imaginado que una persona en silla de ruedas iba a formar parte de su vida. Pero al final, la gente que tenía que quedarse se ha quedado, y ya ni se da cuenta de que conmigo hace las cosas de manera distinta, porque para ellos ya es lo normal.

Yo que sé, igual me equivoco. Igual soy demasiado idealista. Pero es que la experiencia me dice que el amor (sea del tipo que sea) hace que merezca la pena cambiar un poquito tus hábitos para hacerle la vida más fácil a la persona a la que das y de la que recibes amor. Y yo sé que esos “no estoy preparado” no vienen de la maldad, sino de la ignorancia. Ojo, no os lo toméis como un insulto. Yo también soy una ignorante en muchísimas cosas, desde luego. Es perfectamente normal no conocer nada sobre lo que no te ha tocado nunca de cerca, pero la decisión de que algo desconocido pase a ser conocido ya es de cada uno.

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SOURCE: BESTINK.TUMBLR.COM

Y eh, que si al final de verdad sentís que no estáis preparados me parece estupendo que os desentendáis de la situación, de verdad os lo digo. Nadie tiene que sentirse obligado a hacer algo que le haga sentir incómodo o que le suponga una carga emocional extrema, faltaría más. No me debéis nada, igual que yo no os debo nada a vosotros. Pero si os gusta lo que os transmito antes de saber que me muevo en silla de ruedas no dejéis que un miedo sin fundamentos os impida seguir conociéndome. Y ya no lo digo solo por mí, sino por vosotros. Que igual estáis echando a perder algo maravilloso, joder. O a lo mejor os estáis ahorrando un desastre absoluto, quién sabe. Pero lo que sí os estáis perdiendo seguro es una experiencia, mejor o peor. Y tal vez os penséis que la silla va a ser un problema y al final lo que de verdad os revienta de mi persona es que me río muy fuerte de cosas que no tienen gracia, o que siempre que veo a un perro os interrumpo para señalároslo (¡pero es que no puedo permitir que os perdáis a ningún perro!!!). O también podría ser que seáis vosotros los que no me acabáis de convencer (y es que me parece demasiado asumir que vais a ser vosotros los que vais a tener la última palabra respecto a una potencial relación, la verdad). O quizás no congeniamos. Simple y llanamente.

Pero es que como dicen los buenos de Coldplay en Fix you: “if you never try, you‘ll never know”.

 

Tenemos que hablar

Dios, de verdad que escribir este post puede matarme de la risa o meterme en la mierda más profunda. Pero tenía muchas ganas de hacerlo y además, con todo lo que me ha pasado, casi se escribe solo. Hoy os vengo a hablar de mis historias de Tinder.

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SOURCE: FUCKYEAHREACTIONGIFS.TUMBLR.COM

Igual debería empezar por contaros cómo narices se me ocurrió crear una cuenta en esa ¿red social?. El motivo principal es simple: conozco a pocos chicos y quería conocer a más, básicamente. Pero la segunda razón de peso se remonta a cuando allá por el mes de octubre del año pasado un individuo de cuyo nombre no quiero acordarme (pero desgraciadamente recuerdo) me mandó un mensaje por otra página web que me da hasta vergüencita mencionar (pista: en teoría sirve para pasar apuntes y comparte nombre con la que es fácilmente la mejor tapa creada en la historia de la humanidad). Cabe decir que cuando yo vi en mi bandeja de entrada una notificación de esa web me quedé atónita (“¿aún hay peña que usa eso?”, pensé yo), pero como tenía una resaca de campeonato y estaba un poquillo tierna decidí entrar en mi perfil y abrir el mensaje, para acto seguido responder. Y él me respondió. Y así estuvimos hasta que nos dimos nuestros respectivos Facebooks y empezamos a hablar por allí. Y todo iba de lujo. Bueno, no sabéis a la de sitios que me iba a llevar el muchacho, y la de cosas que íbamos a hacer. Ojú, nos habría faltado tiempo para todo. Y entonces llega el día en que dice de quedar, y a mí me entra la gran rallada del siglo, que a día de hoy sigue acompañándome: ¿LE DIGO LO DE LA SILLA O NO?

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SOURCE: REDDIT.COM

Os confieso que tener que decir que voy en silla de ruedas es un proceso tedioso. Y me incomoda. De verdad, yo intento comprenderos, pero es que para mí es algo tan normal que me resulta francamente innecesario contarlo. Porque además no sé cómo hacerlo, y al final siempre acabo diciéndolo como si me sintiese culpable por ello.   Pero en fin, después de consultarlo con la almohada, mi madre, mis amigas y el vecino del quinto, se lo dije, pa’ que no le pillara de sorpresa cuando nos viéramos, vaya. Que siempre podría haberle dicho “Ay, es que eres tan guapo y tan maravilloso que cuando me dijiste de quedar me caí de culo y me quedé así”. Pero no sé si habría colado. El caso es que con este muchacho estaba relativamente tranquila, ya que nos teníamos en Facebook y yo imaginaba que habría hecho sus tareas de detective barra acosador y habría repasado mis fotos de arriba abajo, y ya se habría percatado de que todo el mundo me saca de media un palmo y medio de altura o de que, no sé, SIEMPRE ESTOY SENTADA EN UNA SILLA DE RUEDAS. Vamos, digo yo que eso te hace sospechar como mínimo. Pero no. El tío o tenía muy poco ojo o no me había cotilleado el perfil (yo opto más por lo primero, let’s be honest). Y fue decírselo y empezó a darme largas. De repente tenía el finde súper lleno. Ese finde, y el siguiente, y vamos, que hasta el año 2028 no podía hacerme un huequecito en la agenda. Y al siguiente mensaje que le mandé ni siquiera me respondió. Dejó de hablarme. Literalmente. Sin decir adiós ni nada. Y tonta de mí, me pasé casi dos días enteros llorando a moco tendido. Pero de verdad. Perdí 48 horas de mi vida y unos cuantos litros de agua por ese personaje. Ahora lo miro en la distancia y me río de lo ridícula que fue la situación en si, pero en su momento me dolió mucho la patata, para qué mentir.

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SOURCE: TUMBLR.COM

Os preguntaréis entonces por qué, después de todo lo que me pasó con el heartbreaker number one, decidí crearme una cuenta en Tinder. Francamente fue un ejercicio de autoconvencimiento. Me negué a pensar que todos los chicos son así y pensé que igual, en la inmensidad de Internet, encontraría a alguno que me diera una oportunidad.

Quizá pensáis que Tinder, donde abunda la superficialidad y el aquí te pillo, aquí te mato, no es precisamente el sitio más adecuado para encontrar a alguien así.

Y lo mismo estáis en lo cierto. Pero si eso ya os sigo contando en otra entrada, que si esto se ha hecho largo, fliparéis con el resto.

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SOURCEREDDIT.COM

Rodando voy

“Pies, para qué los quiero si tengo alas para volar?”

 

No podía inaugurar el blog con una frase mejor que una que salió de la boca de la maravillosa Frida. Si a algo aspiro en esta vida es a inspirar a alguien la mitad de lo que ha inspirado, inspira e inspirará Frida Kahlo a tantísima gente.

 

Llevo pensando en hacer esto prácticamente desde que tengo uso de razón. Bueno, igual no hace tanto. Igual solo desde que tengo acceso a internet. La necesidad de compartir mis vivencias con el mundo es algo que siento en muchísimas ocasiones. Es algo que no me explico, la verdad. Pero es que os quiero contar tantas cosas… Y es que la vida se ve desde una perspectiva muy diferente cuando se mira a poco más de metro y medio del suelo.

 

Me llamo Marta, tengo 22 años, estudio Biología humana en la Universidad (o lo intento) y voy en silla de ruedas. También voy en otras cosas: en coche, en metro, en autobús, en avión, en tren (eso no tanto, pero vaya, lo de los trenes se merece un post propio)… Pero mi silla va siempre conmigo. Y nací así. Así de guapa y de salá y de diferente. Es lo que hay. Es la realidad que he conocido siempre, así que como comprenderéis, en 22 años he ido acumulando muchas anécdotas. La mayoría de ellas son agradables, algunas otras tristes, y muchas aún hacen que me tire de los pelos. Este blog es fruto de todas esas alegrías, frustraciones y decepciones que he ido acumulando a lo largo del camino, y de lo que he aprendido de todas ellas. Y lo único que espero de compartirlas con vosotrxs es destruir mitos y prejuicios y, sobre todo, despertar un poquito de empatía. Nada de pena ni compasión. Con que consiga que al menos una persona que me lea deje de lado esas dos emociones al ver a una persona como yo ya me daré por satisfecha.

 

Y para cerrar esta primera entrada, como se me da fatal esto de lidiar con los finales, os dejo con otra frase, esta vez del compañero Robert M. Hensel, y que refleja a la perfección el espíritu del blog y lo que hago yo en mi día a día: “Elijo no poner “dis” en mi capacidad.”